En el pasillo, Román la esperaba. Antes de que pudiera decir algo, se acercó una mujer de alrededor de cincuenta años, elegante, ojerosa.
—Román, te buscaba —dijo—. Perdón, no quise interrumpir.
—Eva —presentó él—. Mi prima. Y Eva —sonrió—. La mejor amiga de Isabella.
Las dos se miraron con una mezcla curiosidad “qué enredo de nombres”. No hubo incomodidad; sólo el reconocimiento rápido.
—Mucho gusto —dijo la prima—. Ojalá nos conociéramos en otra circunstancia.
—Igualmente —respondió la amiga—