El anillo me quedó perfecto en un dedo al que le faltaban historias alegres. Román me besó la mano, su dicha era real.
Dos días después me trasladaron a una habitación privada. Monitoreo continuo, pero sin máquinas dominando el aire. El personal del hospital nos conocía ya: la de la UCI que iba a ser mamá, el amante que no se movía de la puerta. Permitieron que Román pasara las noches en un sofá reclinable en lugar de las bancas frías del pasillo.
Las flores comenzaron a llegar en oleadas. Ramos