No sé cuánto duró la oscuridad. Tampoco sé si merecía un final. A veces, la oscuridad no es la ausencia de luz: es una pausa que el cuerpo pide para encontrar su forma. Desde ese lugar sin relojes, lo único que pude pensar —o sentir— fue una línea recta, dibujada a mano alzada, que conectaba dos puntos en mi pecho. Y una palabra que no pronuncié, pero que escuché muy claro: «vuelve».
La conciencia iba y venía como la marea. A ratos, un oleaje tibio me alzaba hacia la luz; a ratos, un remolino m