De madrugada, me despertó un ruido sordo. Un golpe seco contra el cristal. Me levanté descalza y abrí la cortina. En el alféizar, una figurita de ajedrez: un caballo de madera manchado de rojo. Lo tomé con dos dedos. Era pesado, viejo, con un olor leve a gasolina.
Lo envolví en una bolsa y llamé a seguridad. Tardaron minutos. Tomaron fotos, levantaron huellas. Eva apareció en pijama, con los ojos grandes.
—¿Qué es?
—Supongo que otra amenaza.
***
Al amanecer, Claudia nos escribió: el juez citó a