Me quedé sola unos minutos en la Sala B. Apagué las notificaciones, abrí mi libreta y dibujé un tramo de la plaza. Curvas como olas, bancos como costas, un árbol central para atar el tiempo. Fue entonces cuando sentí el cosquilleo. No en la piel. En el aire.
Alguien miraba.
Me giré. No había nadie. Pero el reflejo del vidrio de la puerta mostraba un fragmento de sombra que se retiraba.
—¿Pablo? —llamé.
No respondió. Guardé la libreta. Salí al pasillo. Nada. Un rumor de pasos en la escalera de s