El amanecer en la mansión Blackwood no trajo la claridad esperada, sino un pánico gélido que se filtraba por las paredes de mármol.
Serena caminaba de un lado a otro, destrozando un pañuelo de encaje entre sus manos temblorosas.
Su rostro, desprovisto de la máscara de dulzura habitual, reflejaba una desesperación maníaca.
—¡No apareció! ¡Madre, la habitación 999 estuvo vacía toda la noche! —siseó Serena, deteniéndose frente a la ventana. Sus ojos estaban inyectados en sangre—. Alaric no llegó.