El ático de Seraphina, que alguna vez fue un refugio de creatividad y luz, se sentía esa noche como una caja de resonancia para el silencio.
El aire estaba cargado, viciado por el olor a ozono de la tormenta que se gestaba afuera y por la tensión eléctrica que emanaba de los dos cuerpos que ocupaban el centro del salón.
Alaric estaba de pie junto al gran ventanal, observando las luces de la ciudad con la rigidez de un soldado en guardia.
Su silueta, impecable y poderosa, contrastaba con la figu