La lluvia de la noche anterior había dejado un aire gélido y limpio que se filtraba por las rendijas de la casa de seguridad donde Elías, el detective, había citado a Seraphina.
El lugar era una cabaña discreta a las afueras de la ciudad, lejos de los ojos de los Blackwood y de los tentáculos de Arturo Sinclair.
Daniel permanecía de pie junto a la puerta, con la mano cerca de su chaqueta, atento a cualquier movimiento extraño en el exterior.
Su rol de guardaespaldas se había vuelto su piel; no