Fuera del estudio, en el pasillo sumido en la penumbra, la máscara de Serena Sinclair (o Blackwood, como aún se sentía en su interior) se desmoronó.
Se apoyó contra la pared fría, sintiendo que el suelo temblaba bajo sus pies de diseñador.
En la oscuridad del corredor, los recuerdos empezaron a emerger como fantasmas hambrientos.
Se vio a sí misma a los siete años, escondida tras una cortina mientras su madre, con voz de acero, le susurraba al oído:
«Recuerda esto, Serena: no somos como ellos.