El edificio de la corporación Blackwood se alzaba como un monolito de acero y vidrio contra el cielo de la mañana.
Alaric cruzó el vestíbulo, el personal se tensó; su presencia solía imponer respeto, pero hoy emanaba una energía oscura, una irritabilidad latente que hacía que incluso los guardias de seguridad bajaran la mirada.
Al subir en el ascensor privado, Alaric cerró los ojos por un segundo.
El destello de la luz reflejada en el metal le devolvió, como un latigazo, una imagen sensorial de