El silencio en la oficina de Alaric Blackwood era tan denso que se podía sentir en la piel.
No era la calma habitual del poder, sino la quietud que precede a una detonación.
Alaric estaba sentado tras su escritorio, con la mirada clavada en la pantalla de su ordenador.
Un correo electrónico anónimo —enviado bajo una encriptación que incluso su equipo de ciberseguridad tardaría horas en rastrear, aunque él sabía que provenía de la órbita de Seraphina— contenía un dossier que estaba destruyendo,