55. EL PAGO QUEMA

JAIME

Cuando regresé a la mansión, la agitación no era por un baile ni por visitas ilustres: era por la mala salud del duque.

Pese a sus gritos y negativas, Cielo había hecho llamar al médico. Bien habría podido yo mismo ahorrarle la miseria por tanto improperio que salía de su boca solo porque no se cumplía su voluntad. Pero había demasiados testigos.

Me contaron —Camila, una de las criadas— que Cielo le escondió los habanos y quería obligarlo a beber infusiones calientes. El muy terco, entre
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