54. DAR MI APOYO
ODETH
Cerré los ojos y, durante unos segundos, me permití sentirme segura en sus brazos. No sé cómo sucedió; cuando lo advertí, ya estaba allí, envuelta en su calor, en ese aroma que me desarma, como si el mundo entero se hubiera detenido en ese instante.
—No debería estar aquí —murmuré, separándome con brusquedad en cuanto mi cordura regresó—. Todas desean conocerlo. Esta reunión es para usted.
Él no se inmutó; su voz fue firme, casi un reproche cargado de ternura.
—Usted no está bien. No puedo dejarla sola, y menos con aquel hombre merodeando.
La felicidad me sorprendió de golpe, amarga y dulce a la vez. Él se preocupa por mí... incluso cuando no lo merezco. Bajé la mirada, sintiendo el ardor en mis mejillas.
—Le aseguro que estaré bien, mi lord. Ya me he calmado.
Él negó con suavidad, como si pudiera leer lo que ocultaba tras mis palabras.
—Pero no quiere regresar ahí dentro —dijo con certeza—. Quiere esconderse un rato del mundo. Míreme... la acompañaré hasta que pueda volver a en