El amanecer llegó como una pincelada pálida sobre un cielo sin brillo. La bruma del valle se aferraba a las rocas, y el silencio —ese mismo silencio que en estas tierras parecía una criatura— seguía intacto. Quienes montaban guardia apagaron las brasas con tierra y recogieron los pertrechos con gestos medidos, casi ceremoniales. Habían aprendido, a base de pérdidas, que cualquier ruido de más podía ser una invitación.
Adelia abrió los ojos con un peso extraño en el cuerpo. No era dolor, tampoco