Partieron esa misma tarde, aprovechando que los zarpazos del sol habían cedido tras las nubes. La línea de luz visible para todos se apagó a los pocos pasos, pero los druidas aseguraron que seguía marcando un rumbo perceptible en lo profundo, una brújula temblorosa que los empujaba hacia el este.
A la hora de marcha, el terreno cambió. La piedra se abrió en terrazas irregulares, como escamas. Avanzaron en zigzag, cuidando cada apoyo. Los centinelas alados, cansados, optaron por trayectos cortos