El sol apenas había levantado el frío de la noche cuando el campamento empezó a moverse. Auren vibró, leve, contra el cinto de Adelia; la tibieza de siempre, sin alarmas. Ethan se acomodó el chaleco y cargó dos cuencos de sopa espesa para ambos. Kael, a unos pasos, siguió cada gesto como si le fuera la vida en ello. Habían compartido combate el día anterior y nada más. Ni palabras viejas ni cuentas pendientes. Solo la ruta al quinto sello.
Adelia se inclinó para alcanzar una cantimplora. La nau