El aire en la cámara subterránea era denso, cargado de humedad y aromas desconocidos para Adelia. Después de escuchar las palabras de aquel hombre llamado Efraín, un escalofrío le recorrió la espalda. Sentía su cuerpo tenso, y su corazón latía tan fuerte que temía que todos en el lugar pudieran oírlo.
Entonces, de forma inesperada, la puerta se abrió bruscamente. Una mujer de una belleza etérea entró con paso firme y rostro severo. Su cabello era de un rubio cenizo que caía en cascada por su esp