La casa nueva era perfecta.
Demasiado perfecta.
Amplia, luminosa, con ventanales enormes que daban a un jardín impecable. Silenciosa. Segura. Cada detalle había sido pensado para la comodidad de Valeria… y para la tranquilidad de Adrián.
Enfermeras turnándose día y noche. Empleadas que se anticipaban a cualquier necesidad. Comidas medidas, horarios estrictos, medicamentos ordenados con precisión quirúrgica.
Nada faltaba.
Excepto aire.
Valeria lo sintió desde la primera semana. Al principio intentó convencerse de que era normal, que era temporal, que todo era por el bien del bebé. Pero los días comenzaron a parecerse demasiado entre sí.
Despertar. Desayunar vigilada. Caminar unos minutos por el jardín bajo miradas atentas. Descansar. Comer. Dormir.
Sin reuniones. Sin llamadas importantes. Sin decisiones.
Sin ella.
Una mañana, sentada frente al escritorio que Adrián había mandado poner “por si se sentía inspirada”, Valeria cerró el portátil con frustración. Ni siquiera tenía acceso a lo