El trayecto del hospital al apartamento transcurrió en un silencio contenido. Valeria descansaba recostada en el asiento, con una manta ligera cubriéndole las piernas y los ojos cerrados, agotada pero tranquila. Adrián conducía con ambas manos firmes en el volante, atento a cada semáforo, a cada movimiento… y a cada pensamiento que no dejaba de golpearle la cabeza.
Las palabras del médico resonaban una y otra vez.
Embarazo de alto riesgo.
Reposo absoluto.
Estrés cero.
Y algo más…
Eso último no lo había dicho en voz alta frente a Valeria. No con ella allí.
Existe la posibilidad de perderlos a ambos.
Adrián apretó la mandíbula. No permitiría que ese escenario existiera.
Cuando llegaron al apartamento, no dejó que Valeria caminara sola ni un solo paso. La alzó con cuidado, como si su cuerpo fuera de cristal, y ella protestó con una sonrisa débil.
—Adrián… puedo caminar.
—Hoy no —respondió él con suavidad—. Hoy me dejas ser exagerado.
La acomodó en el sofá, ajustó los cojines detrás de su