Cuatro meses.
Eso marcaba el calendario mental de Adrián cada mañana al despertar. Cuatro meses desde que el miedo había aprendido a convivir con la esperanza. Cuatro meses en los que Valeria había encontrado un equilibrio frágil pero real: trabajaba desde casa, dirigía reuniones breves, tomaba decisiones con calma. Seguía siendo ella.
Y el embarazo… avanzaba bien.
Los médicos estaban cautelosamente optimistas. No había sangrados, no había dolores alarmantes, no había señales de alerta. El bebé crecía. El corazón latía fuerte. Valeria sonreía más.
Adrián seguía siendo el CEO impecable ante el mundo, pero en casa era distinto. La observaba con atención silenciosa, celebraba cada pequeño logro, cada semana cumplida. No decía nada, pero cada noche agradecía que siguieran allí… juntos.
Hasta esa tarde.
Era una tarde normal. Demasiado normal.
Valeria estaba sentada frente al portátil, terminando una videollamada corta. Adrián estaba en su oficina, firmando documentos, cuando el teléfono vi