Valeria no lo buscó de inmediato.
Esperó a que el evento terminara, a que los últimos invitados se marcharan, a que la empresa recuperara su silencio habitual. No quería testigos. No quería malentendidos.
Cuando por fin entró a la oficina de Adrián, él estaba de pie frente a la ventana, la chaqueta colgada en el respaldo de la silla, las manos en los bolsillos. No se sorprendió al verla.
—¿Eso fue necesario? —preguntó ella, sin preámbulos.
Adrián giró lentamente.
—¿El qué?
—Lo que dijiste. —Val