Valeria no llegó corriendo.
No llegó desesperada ni impulsiva.
Llegó decidida.
Subió hasta el último piso cuando ya anochecía. La empresa estaba casi vacía, envuelta en ese silencio que solo existe cuando el día terminó y quedan las verdades sin decir.
Adrián estaba en su oficina, revisando unos documentos que llevaba rato sin leer de verdad. Levantó la vista cuando escuchó la puerta.
No dijo su nombre.
No hizo preguntas.
La miró como si hubiera estado esperándola desde antes de saberlo.
—Vine porque ya no quiero seguir pensando sola —dijo Valeria, cerrando la puerta detrás de ella.
Adrián se puso de pie, despacio.
—Te escucho.
Valeria respiró hondo.
—Hablé con Daniel. Fui honesta. —Hizo una pausa—. No podía seguir en algo mientras una parte de mí seguía en otro lugar.
Adrián no sonrió. Tampoco celebró.
—Gracias por decirlo —respondió—. No habría aceptado otra cosa.
Ella avanzó un poco más.
—No vine a pedirte promesas —continuó—. Ni a que grites al mundo lo que sentimos. Pero tampoco