El departamento estaba en silencio cuando Valeria cerró la puerta.
Se apoyó contra ella unos segundos, sin moverse, como si el cuerpo necesitara llegar antes que la mente. El eco de la voz de Adrián seguía ahí, repitiéndose sin permiso.
Te amo.
No era la primera vez que lo escuchaba… pero nunca había sonado así.
Se quitó los zapatos despacio, caminó hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua que apenas probó. Todo dentro de ella estaba desordenado. No dolor, no alegría. Algo más peligroso: memoria.
Se sentó en el sofá y dejó que la cabeza cayera hacia atrás.
Había esperado tanto tiempo esas palabras. Las había imaginado en noches solitarias, en silencios largos, en momentos donde se preguntó si estaba pidiendo demasiado. Y ahora que por fin habían llegado, no traían alivio. Traían vértigo.
—Llegas tarde… —murmuró en voz baja, como si Adrián pudiera escucharla desde la distancia.
No podía ignorar que había cambiado. Ya no era la mujer que habría corrido hacia él sin dudar. Había apren