Damian
El calor de Marrakech se colaba por las rendijas de la ventana como un intruso silencioso. Observé a Elena inclinada sobre el mapa que habíamos conseguido, con su cabello recogido en una coleta improvisada y algunos mechones rebeldes cayendo sobre su rostro. Intenté concentrarme en los planos del complejo que debíamos infiltrar, pero mi mirada traicionera volvía una y otra vez a ella.
Maldita sea. Esto no estaba en los planes.
—Damián, ¿me estás escuchando? —su voz me sacó del trance.
—P