El fuego se extendía por el pasillo mientras corríamos agachados, esquivando los escombros que caían del techo. Las alarmas ensordecedoras rebotaban contra las paredes metálicas de la base, creando un caos que, paradójicamente, nos beneficiaba. La confusión era nuestra aliada.
—¡Por aquí! —gritó Marcus, tirando de mi mano con fuerza mientras doblábamos en una esquina.
Su espalda se tensaba bajo la camiseta negra empapada de sudor. Llevábamos más de una hora infiltrados en la base enemiga, y cad