Damian
El amanecer se filtraba por las cortinas de la habitación del hotel en Madrid. Observé cómo la luz dibujaba patrones sobre la piel de Elena mientras dormía. Su respiración era tranquila, rítmica, como si finalmente hubiera encontrado paz después de tanto caos. Tenía una pequeña cicatriz en el hombro, recuerdo de nuestra huida de Damasco. La rocé con la yema de mis dedos, tan suavemente que no despertó.
Nunca fui un hombre de contemplaciones. En mi mundo, detenerse a observar significaba