El amanecer se filtraba por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas sobre el mapa desplegado en la mesa. Mis dedos recorrían las rutas de escape mientras mi mente calculaba tiempos, distancias y probabilidades. Tres días habíamos pasado encerrados en este apartamento franco en las afueras de Estambul, planeando cada detalle de lo que sería nuestra última jugada.
—Tenemos que movernos hoy —dije sin apartar la mirada del mapa—. Cada hora que pasa aumenta las posibilidades de que nos