El refugio era poco más que un cobertizo abandonado en medio de la nada. Cuatro paredes de madera desgastada, un techo que amenazaba con ceder ante la próxima tormenta y una única ventana cubierta con tablones. Damián había insistido en que era seguro, al menos por esta noche. Yo no estaba tan convencida.
—No es el Ritz, pero servirá —dijo mientras aseguraba la puerta con una barra de metal oxidado.
El silencio que nos rodeaba era casi tangible. Afuera, la noche había caído como un manto pesado