El miedo tiene un sabor particular. Metálico, como sangre en la boca. Así me sentía mientras observaba a Marcus dormir en el rincón de nuestra improvisada guarida. La luz mortecina que se filtraba por las rendijas de la ventana tapiada dibujaba sombras sobre su rostro, suavizando por un momento sus facciones duras. Parecía casi vulnerable. Casi humano.
Qué engañosa podía ser la apariencia.
Llevábamos tres días moviéndonos entre las sombras, evitando las patrullas, sobreviviendo con lo mínimo. T