El cielo parecía haberse roto en mil pedazos. Nubes de un negro azabache giraban en espiral sobre el Palacio Dorado, iluminadas únicamente por el destello intermitente de los rayos que partían el firmamento y el brillo rojo y amenazante de las antorchas y runas del ejército enemigo. El aire era denso, pesado, cargado con el olor acre de la magia negra y la promesa inminente de carnicería.
Desde lo alto de la torre de mando, Valeriah respiró hondo. Su pecho se alzó y bajó con una calma que contr