El sol se alzaba sobre el Palacio Dorado, tiñiendo de carmesí las mismas ventanas por las que la luz se había filtrado la noche anterior. En la habitación principal, Valeriah yacía sola. La furia, la humillación y el rastro persistente de una pasión arrolladora luchaban por el dominio de su alma. La cama, aún deshecha, era un campo de batalla donde su cuerpo había cedido, pero su mente se negaba a doblegarse. Cada fibra de su ser gritaba con la contradicción de una satisfacción física que aborr