SIMÓN
—Cobarde, déjese ver, no se esconda en esta ilusión de hierba. Puedo escuchar sus pensamientos.
—En ese caso, toma otra cabeza para que se entretenga—, otra piedra blanca fue arrojada al pecho de Simón. La palpó, sintiendo la nariz y la boca, y desesperado cuestionó: —Qué trucos tan infantiles, cortar cabezas y convertirlas en roca; debes ser un escultor fracasado y lo de esta hierba que no se detiene en crecer. Es infantil; mejor sería que me enfrentaras directamente.
—En ese caso, toma—