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10; AULLIDO DE RESENTIMIENTO

SANCHO

La feroz manada parecía un enjambre de langostas, arrasando con todo a su paso. En pocos segundos, tan solo quedó un paisaje de destrucción, dejando un sonido de vacuidad después del estruendo de los disparos, explosiones y gritos.

Mientras tanto, Sheila marchaba con Alberto amarrado en su espalda. A cada paso se arrepentía de haberse ofrecido para tal ardua tarea, puesto que su hermano parecía que le doblaba el peso. Aunque su motivación de deshacerse de él era lo que la empujaba a seguir adelante, buscando en el horizonte un peñasco o algo donde pudiera fingir un accidente. Recordaba una frase de uno de sus libros favoritos, que contaba la historia de un ayudante de un ciego que trataba de desquitarse de su amo debido al maltrato. Citaba esa frase de “me quebraba ambos ojos por intentar quebrárselos al que no tenía”.

Se imaginaba lanzándose de espaldas a un precipicio, ya que al parecer le habían amarrado muy bien su carga. Seguía avanzando sin ver un lugar para su turbio objetivo, hasta que fue como del suelo la llamaron. De esa forma vislumbró una enorme alcantarilla destapada. Sin considerarlo, fingiría caerse en ese fétido pozo en donde sería posible que ella pudiera sobrevivir, pero su hermano, de llegar a ser rescatado de seguro, perecería por alguna infección de sus heridas.

Cerró los ojos, tomó aire, aguantando la respiración, sintiendo de ante mano los golpes que de seguro sufriría, que le causarían ver estrellas brillantes. Pero tan solo una gran oscuridad la envolvió y le pareció chocar contra una enorme almohada.

Abrió los ojos, para ver un muro gris. Se trataba de Sancho, quien le mostró los colmillos gruñéndole, y le dijo:

—Sabía que intentarías algo como esto, qué bajeza la tuya.

La loba, haciendo cara de preocupada, agachó la cabeza doblando las orejas para responderle:

—No sé de qué me hablas, viejo.

El anciano se transformó en humano agarrándola del cuello a la vez que le explicaba.

—Pensé que también lo habías sentido, lo que sucedió en el ritual.

La loba se erizó, echando el cuerpo para atrás, dejando los pies fijos, tratando de zafarse del poderoso brazo que la sujetaba firme, sin asfixiarla, pero sin posibilidad de liberarse. Solo le quedó intentar convencerlo de alguna manera, así que lo quiso señalar: —De verdad, anciano. Sancho, no sé de qué me hablas, y me estás haciendo perder tiempo. Tengo que llevar cuanto antes a mi hermano al hospital.

Sancho le apretó el cuello, sintiendo que le dificultaba pasar fluidos, y le expuso su predicamento: —Estuviste en un milagro y consideras que no hay implicaciones. Por supuesto que de esto se derivarán muchas, como que tu hermano no volverá a ser el mismo, pues estuvo en el otro mundo, y al regresar de seguro que trajo algo de ese lugar. No hagas esa cara de estúpida. Sabes de los demás asuntos que te voy a decir.

La loba sentía que el rostro se le reventaba, no solo porque la sangre se le acumulaba por el apretón del viejo, uno de los más fuertes de la manada, sino un coctel de ira e impotencia mezclado con incredibilidad y curiosidad, como pudo artículo esto: —Aún estoy comprendiendo lo sucedido.

El viejo la soltó, haciendo una mueca de asco y sacudiendo la mano. Miró al cielo, exhaló y le soltó su teoría: —Me conecté con cada alma que participó en el ritual. Fue algo mágico e indescriptible y tú no fuiste la excepción. Sé lo que tramas, por eso te seguí.

La loba consideró atacar al anciano, evaluó las posibilidades y sacó la conclusión de que de ninguna forma le podría ganar al viejo. Incluso si no cargara con su hermano a su espalda, lo único que podía hacer era tratar de convencerlo: —Sí, Sancho, también pude sentir que estuviste en mi mente, eres formidable. Por eso no te explicaré, lo único es que te propongo que me ayudes. Te prometo que será mi mano derecha cuando yo sea el alfa.

Sancho pareció desvanecerse en el aire para luego aparecer cerca de la loba, y sin que ella lo pudiera esquivar, de nuevo la asfixió y le gruñó: —Eres una estúpida, los lobos les obedecemos a los verdaderos Alfas y tú nunca lo serás; sabes que no eres hija del jefe, tan solo fuiste una recogida. Deberías estar agradecida de que él te adoptó; te trató como una hija, dándote de todo.

La loba trató de liberarse y solo pudo articular entre sollozos: —Eso ya lo sabía. Cuando era pequeña, un día, estábamos jugando a las escondidas, me oculté sin querer en su despacho y en ese lugar me enteré de toda mi verdad.

Sancho la soltó, y con un suspiro añadió: —O sea, que el resentimiento es lo que te mueve, causando que entierres el agradecimiento.

La loba se levantó rugiendo para contestarle: —Es que no tengo nada que agradecer.

Sancho la miró pequeña, empezando a considerar eliminarla. Aunque era parte de la familia, no podía soportar a una traicionera, pero sin querer una frase se le escapó: —Deberías agradecer que ellos te dieran un hogar y no te dejaran que te pudrieras en el bosque.

Sheila escupió el suelo y sacó su resentimiento en forma de palabras: —Eso hubiera sido mejor, que me hubieran recogido. Hubiera sido mejor pudrirme con todos los de mi manada. Sí, lo sé; después de enterarme de que era adoptada, me puse a investigar y descubrí que ustedes acabaron con los míos y que yo fui la única sobreviviente. Que fui tomada como trofeo, eso fui. Por eso mi venganza es justa. Ahora, Sancho, apártate o únete a mí. Mátame o ayúdame, esas son tus únicas opciones.

El viejo se transformó en la bestia intermedia, el enorme lobo que anda en las patas traseras y en que sus garras pueden coger cosas. Reflexionó con qué palabras le cegaría la vida y solo se le ocurrió contarle un recuerdo: —Tu soberbia te llevó a la tumba. Tu padre adoptivo fue muy bueno. Él no te quiso asesinar, a pesar de que yo y otros se lo recomendaron. Sabíamos que no podíamos tener una semilla de tan podrido clan, pues los tuyos eran unos psicópatas, les gustaba acabar con pueblos enteros, mataban humanos por diversión. Eso nos colocó en peligro de revelar nuestra especie, además de que los cazadores nos sitiaran. Ese día, que tu maldita estirpe debió haber sido erradicada de la faz de la tierra, fue un grave error dejar vivo a un bebé, que, aunque tierno, llevaba sangre mala. Una falla que hoy voy a solucionar.

Sancho se lanzó, decidido a decapitar a la traidora. Ya después se le ocurriría la forma de llevar a Alberto. El ataque de sus garras parecía como si unos rayos blancos que dejaban una estela en forma de luna menguante.

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