Mundo ficciónIniciar sesiónSAFOR
Sheila sintió como si se moviera en cámara lenta, utilizando todas sus fuerzas para esquivar el poderoso ataque que de seguro la dejaría para siempre en ese lugar. Sintió que las garras la cortaban en un costado; el ardor le recordaba el ácido del limón, se intentó desmayar y su carga se le cayó de encima. Al parecer, su adversario, sin querer, cortó las cuerdas con que le habían sujetado a su hermano.
Sancho se reincorporó para rematar a su objetivo, sonriendo su susurro: —Sin lugar a dudas tienes buena suerte; si por algo soy conocido es por mi puntería; te juro que este ataque sí te enviará con tus asquerosos antepasados.
—¡Alto, anciano! —una sombra se acercó desviando el poderoso ataque de la gran bestia gris. —Deténgase, que ella es mi presa.
La sombra tomó forma de un lobo, pero con un olor diferente al de cualquier miembro de la manada. Que siguió interrumpiendo: —Descuidé, ella morirá, me las debe. Aunque, si eso le angustia, prometo que usted y ese lobo que agoniza también compartirán el mismo destino.
Sancho dio unos pasos atrás, fijándose bien en la apariencia del intruso; recordó que se trataba de un joven Alfa de un clan aliado; no tenían razones para atacarlos; eso era lo que se le ocurría, casi lo dice, de no ser porque Sheila habló primero: —Safor, qué alegría que llegaras, te he pensado mucho, tienes que ayudarme.
El lobo la miró de reojo y le gruñó: —No tengo que hacer nada, te prometí que no dejaría de ese tamaño las cosas, me traicionaste, usted se burló de mí.
Sheila recordó su historia con este personaje para tratar de convertirlo en un cómplice. Reflexionó sobre una manera de manipularlo. Sonrió con dificultad por el dolor que le causaban las heridas y le musitó: —Mi adorado Safor. En la última ocasión en que nos vimos, sucedió un malentendido. Intente buscarte para explicarte. Al parecer, eres muy bueno para desaparecer.
El lobo sonrió, sacudiendo el hocico y le objetó: —Supongo que te refieres a la noche, cuando estábamos celebrando tu cumpleaños, en aquel bar de mala muerte, que tanto te gusta. Que me marche porque te pusiste a bailar con uno de los meseros mequetrefes. Al parecer, también te transformas en una zorra.
A Sheila casi se le escapa una carcajada al recordar lo sucedido. Esa noche le gustó un mesero que le coqueteaba. Quiso darle celos a su macho y le correspondió a ese badulaque, que luego, al verse sola, pues, se lo llevó al baño y se lo comió. Literal, pues debido al pésimo desempeño viril, la dejó iniciada, causando que se descontrolara, transformándose en bestia y devorándolo. Para volver a la conciencia, cuando los huesos se astillaban en sus fauces. Después le tocó eliminar a todos los que se encontraban en el sitio y, por último, prender el lugar para que el fuego consumiera cualquier prueba de su barbarie. Esa vez terminó rendida y casi satisfecha. Retomó su actual situación y solo se le ocurrió disculparse: —Por favor, perdóname. Estaba borracha y quería que sucediera una escena de esas en que el galán, preso de los celos, le rompe la cara a un bufón que le quiere coquetear a su hembra.
Safor se acercó golpeándola, gritándole: —No es eso, me valen tus estupideces. Es lo otro; me enteré de que estabas esperando a un hijo mío y que lo abortaste. Veo tu cara de sorprendida; supongo que nadie se enteró; yo por poco no lo hago. Lo que sucede es que esa clínica donde te realizaron ese legrado es de mi familia, y los fetos son recolectados para experimentos. Las alarmas sonaron cuando en una de ellas se encontraba el aroma de la familia. Revisé las cámaras para partirlas de la misma forma en que se partió mi corazón, ¿Por qué lo hiciste? Sheila, pudimos ser una familia, donde nada nos faltaría.
Sheila, sorprendida, los ojos se le aguaron y mencionó lo primero que se le ocurrió para justificarse: —Es que yo estaba muy joven y no estaba preparada para ser mamá, además de arruinar mis planes.
El lobo parpadeó, ordeñando sus ojos, de donde brotaron lágrimas secas que se hundieron en su pelaje. Aullando le reprochó: —Es que yo te daría de todo. En cuanto a tu sueño de ser la alfa de tu manada, se hubiera cambiado al convertirte en mi pareja; serías la alfa de mi manada. Eres una basura.
La loba de nuevo se sintió perdida. No se le ocurría ningún argumento que le ayudara a persuadir a este lobo de sus planes. Se le ocurrió una sola carta para jugarse su salvación; no quería llegar a esos extremos, ya que eso le podría conllevar graves problemas en el futuro, pero eso preciso era lo que estaba siendo amenazado, aunque no habría mucha diferencia de morir ahora o vivir con miedo después de estos secretos que se atrevió a soltar: —Aguarda, Safor, lo que en verdad sucedió, fue que yo me acerque a ti con el fin de sacarte información. Yo era un alfil en los planes de mi padre por apropiarse de su territorio. Preciso tuve que ir a la clínica de tu familia, lamento que por esa coincidencia te enteraste de mi atroz crimen; es algo de lo que me arrepiento a cada instante. Otra revelación es que mi Alfa fue el que ordenó el asesinato de tus padres, y otra casualidad es que aquí mismo se encuentra el que lo ejecutó, ni más ni menos que el legendario Sancho.
Sheila se agachó a manera de reverencia, señalando al viejo, el cual, saliendo de su asombro por todas estas revelaciones, expandió sus músculos, preparándose para la pelea, pues sabía que no tendría caso negarlo, debido a que Safor procedía a atacarlo sin esperar explicaciones, bufando: —Yo tenía mis sospechas. Ya había contratado investigadores privados, no obstante ninguno me consiguió pruebas concisas, como el testimonio de la hija del jefe del clan que se apropió de la mayoría de los negocios de mis padres.
El joven lobo marchaba a toda velocidad, con el cuerpo tensado y las garras extendidas, rompiendo el suelo a medida que pasaba. Cuando estuvo a unos centímetros, se lanzó como una flecha, rumbo a partir a su adversario. Lo que no consideraba es que no se trataba de un adversario cualquiera. Sancho se balanceó sobre un pie, giró su cintura, le cogió una de las garras delanteras y con la pierna que tenía en el aire le propinó un rodillazo en el vientre, para luego rematarlo con un puño con la mano libre.
El lobo se levantó aullando de dolor. Levantó su cabeza para recibir una patada de su adversario, el cual le siguió propinando varios golpes. Se notaba que le quería infligir sufrimiento, porque lo golpeaba sin las garras o dientes.
Safor recibía ese castigo, esperando a que alguno de sus hombres, quienes estaban encargados del esquema de seguridad para transportar a Alberto, de los lobos que los cubrían adelante y atrás, vinieran a salvarlo. A veces suceden cosas de manera diferente a lo que uno quisiera, pero lo bueno es que suceden. El viejo Sancho se impulsó para descargar un poderoso golpe martillo contra Safor, quien apretó los dientes esperando a recibirlo; sin embargo, nunca le llegó. En cambio, al anciano se le infló el vientre, saliendo disparado por encima de él, cayendo unos metros adelante.







