CAPÍTULO 93: MIGAS Y CUCHILLOS
Elena
Jacob nos mira a Rodrigo y a mí como si nos hubiera encontrado robando en su propia casa. La calle huele a lluvia recién caída y mi risa se corta en seco. Él suelta una sonrisa torcida, sarcástica, como si le diera gracia una broma privada.
—Vaya —dice sin saludar—. Sí que no pierdes el tiempo. Mi madre ya me lo había advertido: ahora que no está Ethan, te buscaste a otro que te salve el pellejo.
Siento el golpe en la boca del estómago, pero trago y hablo de