CAPÍTULO 85: EL PRECIO DE QUEDARSE
Elena
No sé cuánto tiempo llevo llorando. El reloj del comedor marca las diez, pero podría ser medianoche o el amanecer. Todo da igual, Jacob ya no me recuerda y Sonya… Sonya no se cansa de destruirme.
—Me voy —digo, rompiendo el silencio—. Me llevo a los niños lejos, ya lo decidí.
Mi tía me mira desde el sillón con la taza de té entre las manos.
—¿Qué dices, hija? No puedes irte así.
—Puedo —respondo—. Y debo, ya no hay nada que hacer aquí.
—No puedes dejar q