CAPÍTULO 42: EL FILO DEL DESEO
Elena
Cuando volvemos de la feria, los mellizos caen rendidos antes incluso de que pueda cambiarles la ropa. Apenas tocan la almohada y ya respiran profundo, pesados, con el cuerpo todavía impregnado de azúcar y risas. A Lía le aliso el flequillo húmedo de sudor; a Nico le acomodo el dinosaurio bajo el brazo. La respiración de ambos se empareja en un ronroneo suave que me devuelve el pulso al sitio.
Cierro la puerta con cuidado, conteniendo el aire como si temiera