Brazada. Respiración. Patada.
El agua se cerraba detrás de mí con cada movimiento. Vuelta tras vuelta, sin detenerme, hasta que los pulmones ardían y las articulaciones crujían como bisagras viejas. La piscina parecía infinita esa noche; o tal vez era yo el que se negaba a salir.
El corazón bombeaba en mis oídos. El cloro me quemaba los ojos. Nada más importaba que el agua y mi cuerpo atravesándola a la fuerza. Eso… y el vacío en la cabeza que intentaba mantener intacto.
Entre burbujas se coló