—Regla número uno: nada de molestarme ni interferir con mi trabajo.
—¿Y si quiero invitarte a almorzar?
—Pues te aguantas hasta que termine.
Kevin suspiró, resignado. Rodé los ojos y continué.
—Regla número dos: nada de pasar la noche juntos. Ni en tu departamento, ni en mi suite.
Él apoyó un codo en la mesa y alzó las cejas, sorprendido. Su sonrisita socarrona apareció de nuevo.
—¿Y piensas que voy a renunciar a tu cuerpo, bonita?
—Yo nunca dije eso.
Una pausa. El avellana de su mirada refulgi