Me ardía la cara. El gesto inquisidor de Iván provocaba escalofríos, pero en sus ojos brillaba demasiado claro su hambre de chisme. Traté de disimular la estúpida sonrisa que intentaba asomarse y pasé de él, como si nada.
—¡Me asustaste, Iván!
—Así tendrás la conciencia —replicó, siguiéndome hasta mi dormitorio. Una risita se me escapó.
—Bien, no vi al señor Murano… o al menos, no a ese.
Fui directo al baño a preparar la bañera. Necesitaba hundirme en agua caliente y perfumada, sacarme la arena