Bajé al estacionamiento donde Iván me esperaba y me forcé a sonreír, intentando aparentar que no había recibido un extraño mensaje de un número inexistente. Esa mañana él hablaba hasta por los codos, y su anécdota con el chico de la noche anterior fue suficiente para distraerme un poco durante el trayecto a la constructora. Sin embargo, mi celular vibró dentro del bolso y salté en el asiento. Iván desvió la vista hacia mí, confundido; negué con la cabeza y, aunque una sensación amarga se alojó