Abrí los ojos y un aroma amaderado me hizo entender que no estaba en mi suite. Recorrí el lugar: los ángeles tallados en madera, el imponente ventanal al fondo y, finalmente, el rostro preocupado de Iván.
Mi mejor amigo permanecía de cuclillas junto al sofá de cuero mullido donde yo reposaba.
—¡Dios, Fel! ¿Qué te pasó, nena? —susurró.
Con cierta dificultad me incorporé. Una vez sentada, él tomó asiento a mi lado. Era la oficina del señor Murano. Entonces recordé lo ocurrido en el salón de juntas