Apenas crucé las compuertas del hotel con Iván, el aire cargado de aroma a coco y brisa marina nos recibió. Por un instante, el peso del día se aligeró en mis hombros.
Trabajar en la obra, en medio del calor veraniego, resultaba extenuante, pero lo peor fue esa desquiciada mirada de Dante que seguía pegada a mi piel como un recuerdo sucio.
Me desplomé en un sofá de la recepción, tras un largo suspiro. Iván me siguió y tomó asiento junto a mí. Tenía el gesto tenso, casi avergonzado, y no tardó e