—Dime la verdad —inició, con tono indiferente—. ¿Acaso perdiste la cabeza?
Su mano fue un poco rústica al curar las heridas que yo misma causé en mi brazo. Estuve a punto de quejarme, pero algo me dijo que era mejor no enfurecerlo más.
—Puede ser —admití, sin rastro de burlas.
—¿En qué demonios estabas pensando? ¿Acaso no notaste el peligro al que te expusiste? ¿Dónde quedó tu instinto de supervivencia?
Su pregunta no me tomó por sorpresa. El tono en que la formuló, sí. Podía percibir sus emoci