—No, no, no, no —cayó en mis brazos, justo antes de que su peso nos llevara a ambos al piso—. Vamos Donovan, tú puedes.
No se movía. Estaba inconsciente y solo entonces noté que mis manos comenzaban a mancharse de sangre, solo por el tacto. Me aferré a su cuerpo que poco a poco perdía la calidez, mientras comenzaba a sentir la desesperación nublando mi mente. Mis pensamientos corrían a grandes velocidades, mi corazón palpitaba con rapidez y mi respiración se aceleró.
Justo entonces la oscuridad