Cuatro años más tarde.
Hice un corte preciso en la palma de mi mano, empapando con mi sangre la punta de la flecha. Había hecho esto tantas veces, que ya ni siquiera percibía el dolor. Era lógico pensar que la sangre de una cazadora, que además era la donante del monarca de los vampiros, siempre sería derramada. Para bien o para mal.
Había aprendido con el paso de los años la importancia de mi sangre y cómo podía utilizarla a mi beneficio. Si fuera una humana normal, mi vida estaría en riesgo e