Las horas parecían deslizarse lentamente por las paredes del edificio corporativo. Desde la reunión de la semana anterior, el ambiente había cambiado: la tensión era más sutil, más silenciosa, pero se respiraba en el aire.
Sofía, detrás de su elegante fachada y su sonrisa bien ensayada, observaba cada movimiento de Rocío y Edrián con una precisión enfermiza. Su ira crecía a medida que sentía que el control se le escapaba entre los dedos.
Había pasado noches enteras revisando correos, informes, buscando alguna inconsistencia que pudiera usar a su favor. Pero no la había. Rocío era impecable, metódica, intocable. Edrián, por su parte, se mostraba cada vez más sereno, más seguro, como si algo en su interior hubiera cambiado. Y eso, para Sofía, era intolerable.
—No vas a quitarme lo que es mío —murmuró frente al espejo de su oficina, con una mirada fría que solo reflejaba obsesión—. Ni tú, Rocío… ni nadie.
Mientras tanto,