La noche siguiente al mensaje anónimo, Rocío apenas durmió. Las palabras se repetían en su mente como un eco insistente:
“Ten cuidado en quién confías.”
Durante años había aprendido a moverse entre ambientes donde la competencia podía ser tan letal como la traición, pero nunca había sentido el peligro tan cerca. Sabía que alguien dentro de la empresa estaba intentando desestabilizarla. Y lo más probable, intuía, era que ese alguien tuviera el rostro impecable de Sofía.
El amanecer la en