La noche siguiente al mensaje anónimo, Rocío apenas durmió. Las palabras se repetían en su mente como un eco insistente:
“Ten cuidado en quién confías.”
Durante años había aprendido a moverse entre ambientes donde la competencia podía ser tan letal como la traición, pero nunca había sentido el peligro tan cerca. Sabía que alguien dentro de la empresa estaba intentando desestabilizarla. Y lo más probable, intuía, era que ese alguien tuviera el rostro impecable de Sofía.
El amanecer la encontró frente al ventanal de su departamento, con una taza de café entre las manos y la mente en ebullición.
“¿Hasta dónde será capaz de llegar?”, se preguntó.
Sofía no solo la odiaba; la temía. Temía lo que representaba: la libertad que ella había perdido y la verdad que su matrimonio solo fingía sostener.
Sin embargo, Rocío no planeaba caer en provocaciones. Su estrategia siempre había sido la inteligencia y el equilibrio. Pero ese día, el destino le ofreció un as bajo la manga.
Mientr