El amanecer llegó sin permiso, colándose entre las cortinas del apartamento de Rocío.
La luz tenue le recordó que había dormido poco.
Apenas unas horas después de haber regresado del bar, seguía con la mente enredada en lo que había ocurrido.
Había intentado convencerse de que no pasaba nada.
De que solo fue una coincidencia, un cruce más de caminos.
Pero las coincidencias no dejan el corazón latiendo tan rápido.
Se miró al espejo mientras recogía su cabello.
El reflejo le devolvía la misma mirada que años atrás: la de una mujer que intenta ser racional cuando su alma ya decidió por ella.
El sonido del teléfono rompió el silencio. Era Alex.
—Buenos días, jefa del caos —bromeó él, con su tono relajado habitual.
Rocío sonrió débilmente.
—Buenos días. Espero que no estés llamando para recordarme que bailé más de la cuenta.
—Para nada —dijo él, riendo—. Solo quería saber si estás bien. Después de lo que pasó anoche…
Ella suspiró.
—Sí, estoy bien. O eso intento.
Alex guardó