El silencio también puede ser una amenaza
La semana transcurría entre reuniones interminables, informes que parecían multiplicarse por sí solos y estrategias que debían ser revisadas una y otra vez. Sin embargo, dentro de ese ritmo acelerado, Rocío y Edrián se movían con una coordinación casi intuitiva.
Se habían acostumbrado a trabajar juntos como si de alguna manera sus tiempos estuvieran sincronizados: cuando uno avanzaba, el otro ya tenía listo el siguiente paso; cuando uno dudaba, el otro intervenía con una solución precisa.
Aquella armonía no era ostentosa ni buscada.
Parecía ocurrir de manera natural, suave, como si ambos compartieran un lenguaje silencioso que el resto de la empresa no podía descifrar.
Aun así, esa conexión, tan discreta para ellos, empezaba a llamar demasiado la atención de quienes no estaban acostumbrados a verla. Entre esas miradas, la más insistente y punzante era la de Sofía.
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